Al principio parece inofensivo. Un pequeño descuento para “ayudar a cerrar”. Otro más para destrabar la negociación. Uno más porque el cliente “siempre lo pide”. Hasta que un día te das cuenta de algo incómodo: ya no negocias, sino solo concedes y se vuelve un hábito. El descuento deja de ser una excepción, se convierte en el camino automático y ahí empieza el verdadero problema. Porque el abuso en los descuentos no solo afecta el precio de una venta, afecta todo el sistema y daña muy fuerte tu utilidad. Para empezar, erosionas el margen. Cada descuento que das no sale de la nada. Sale de tu utilidad, de tu flujo, de tu capacidad de invertir, de crecer o incluso de pagar mejores comisiones. Lo grave es que muchas empresas siguen vendiendo “bien” en volumen, pero cada operación deja menos aire. Venden más y ganan menos. Segundo, educas mal al cliente. Cuando el cliente aprende que siempre hay descuento, ...
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